María
Elena Reynaldos-Estrada
Pensando en los hechos que agobian hoy al mundo, y a mi país, me pregunto... de existir vida inteligente en otras galaxias, más allá de la Vía Láctea… ¿habrá situaciones, circunstancias, problemas y conflictos semejantes a los de los terrícolas?
¿‘Sentirán’ así, como sentimos nosotros… Sufrirán de la misma manera… Se alegrarán igual? ¿Pensarán como pensamos nosotros… imaginarán… soñarán? ¿Qué enfermedades aquejarán sus cuerpos y sus almas… qué habrán inventado ya para curarlos? ¿Tendrán en mundos lejanos sociedades como las nuestras? ¿Su historia geopolítica y económica los estará llevando al punto en el que ahora nos encontramos en la Tierra? ¿Acuñarían ya un concepto semejante a nuestro “efecto dominó”?
¿‘Sentirán’ así, como sentimos nosotros… Sufrirán de la misma manera… Se alegrarán igual? ¿Pensarán como pensamos nosotros… imaginarán… soñarán? ¿Qué enfermedades aquejarán sus cuerpos y sus almas… qué habrán inventado ya para curarlos? ¿Tendrán en mundos lejanos sociedades como las nuestras? ¿Su historia geopolítica y económica los estará llevando al punto en el que ahora nos encontramos en la Tierra? ¿Acuñarían ya un concepto semejante a nuestro “efecto dominó”?
¿Tendrán acaso
sustancias cuyo consumo esté prohibido y haya generado ya un mercado negro y
una guerra alrededor de él? ¿Tendrán ‘ellos’ algo parecido a las culturas y
religiones de ‘acá’… unas tolerantes, otras no tanto… serán sus diferencias
culturales una sinrazón más para sus guerras? ¿Se habrá inventado algo como los
partidos políticos… tendrán
ideologías diversas, se autodenominarán “la izquierda”… “la derecha”… “el
centro”? ¿Sus sistemas de gobierno… acaso estarán basados también en la
democracia… o en la monarquía… o en la dictadura?
De existir vida
inteligente en otras galaxias, alrededor de otras estrellas, en otros mundos
¿habrá allá medios informativos transmitiendo a través de artefactos como las computadoras
y los teléfonos celulares con cuyas alucinantes pantallas millones de usuarios, la mayoría
atemorizados, desayunan o van a dormir después de mirar los inquietantes rostros de delincuentes que no tienen ni dios, ni ley, y que aumentan día a día…? Y
esos amenazadores rostros ¿les harán olvidar que también hay ‘gente’ buena
sobre la superficie de sus mundos?
Ojalá que no sea así.
Ojalá que las galaxias que miran ‘nuestros’ astrónomos utilizando la tecnología que se ha construido
para el bien, sean sólo eso: conjuntos de estrellas distribuidas a lo largo del
Universo… cúmulos y supercúmulos… bandas luminosas… cuásares. Ojalá que aún
habiendo galaxias en colisión y agujeros negros y materia oscura, no turbe la
vida de seres vivos, ¡menos si son inteligentes… y menos si son
sensibles!
Ojalá que los planetas
de otras galaxias sigan deshabitados (como parecen estar) y que las estrellas
sigan naciendo de turbulentas nubes de gas y de polvo cósmico. Que sigan
brillando como consecuencia de fusiones de hidrógeno y helio… que sigan siendo
–acá en la Tierra- misterio para quien quiera esclarecerlo, luz para los enamorados…
inspiración para los poetas, como Pablo Neruda quien escribió un día:
“ASOMANDO a la noche/ en la terraza/ de un rascacielos
altísimo y amargo/ pude tocar la bóveda nocturna/ y en un acto de amor
extraordinario/ me apoderé de una celeste estrella. Negra estaba la noche/ y yo
me deslizaba/ por la calle/ con la estrella robada en el bolsillo. De cristal
tembloroso/ parecía/ y era/ de pronto/ como si llevara/ un paquete de hielo/ o
una espada de arcángel en el cinto. La guardé/
temeroso/ debajo de la cama/ para que no la descubriera nadie,/ pero su
luz/ atravesó/ primero/ la lana del colchón,/ luego/ las tejas,/ el techo de mi
casa. Incómodos/ se hicieron/ para mí/ los más privados menesteres. Siempre con
esa luz/de astral acetileno/ que palpitaba como si quisiera/ regresar a la
noche,/ yo no podía/ preocuparme de todos/ mis deberes/ y así fue que olvidé
pagar mis cuentas/ y me quedé sin pan ni provisiones. Mientras tanto, en la
calle,/ se amotinaban/ transeúntes, mundanos/ vendedores/ atraídos sin duda/ por
el fulgor insólito/ que veían salir de mi ventana. Entonces/ recogí/ otra vez
mi estrella,/ con cuidado/ la envolví en mi pañuelo/ y enmascarado entre la
muchedumbre/ pude pasar sin ser reconocido. Me dirigí al oeste,/ al río Verde,/
que allí bajo los sauces/ es sereno. Tomé la estrella de la noche fría/ y
suavemente/ la eché sobre las aguas. Y no me sorprendió/ que se alejara/ como
un pez insoluble/ moviendo/ en la noche
del río/ su cuerpo de diamante.”
