sábado, 26 de septiembre de 2015

El “Cabo de Año” en Ayotzinapa


"El futuro se lleva mal con las cicatrices históricas
porque cuando queremos construirlo precisamos de todos".
-José “Pepe” Mujica
   Ex-guerrillero tupamaro / Presidente uruguayo 2010 - 2015
- - - - - 
En México, igual que en casi todo el mundo, al cumplirse un año del fallecimiento de un ser querido, si la familia es católica se conmemora la fecha con una misa. En Veracruz y otras regiones del país se le conoce como “El Cabo de Año” y además de la misa se visita el cementerio; después los amigos se reúnen con la familia que prepara una comida en la casa que habitó el difunto, para recordarlo ahí también frente a la fotografía que lo muestra en alguno de sus mejores momentos.

Tanto la celebración religiosa como el convivio conmemorativo de parientes y amigos sirven de cierre al dolor de la pérdida, y aunque se les recordará por siempre, podría decirse que el duelo concluye: si se guardó el luto tradicional –vistiendo de negro- y se colocó un festón en la puerta, también se retiran ese día.
Imagino que en las localidades de origen de los 43 jóvenes desaparecidos en Iguala, Guerrero, ESO no está sucediendo hoy; quizá se hayan celebrado misas con motivo de su desaparición pero no de su muerte, porque no hay un cementerio que visitar, ni sus madres han decidido vestir de negro, ni sus padres han colgado ningún listón de luto sobre la puerta de sus casas. La mayoría aún espera verlos regresar...
Aun siendo madre y saber como cualquier otra, de las angustias por las que se pasa frente a las penas y enfermedades de los hijos, también sé que no puedo acercarme ‘ni tantito así’ a la aflicción espiritual, emocional (incluso física)de las madres de Ayotzinapa, algunas de quienes podrían estar -desde hace un año y para toda la vida- culpándose por no haber podido impedir lo que les sucedió a sus hijos... pero ¿cómo podrían haber imaginado algo tan atroz? ¿Cómo habrían podido detener algo así?. Ninguna de ellas habría podido hacerlo.
- - - -
Además de madre, soy docente en una institución superior que forma profesionales para la educación, y en ese contexto SÍ puedo imaginar lo que podría haber hecho (o al menos intentado) como profesora -en Ayotzinapa- de estudiantes con edades y aspiraciones semejantes a las de mis alumnos de pedagogía.
Soy lo que se llama una maestra “estricta” incluso “enojona”, lo confirmaría quienquiera que haya sido mi alumno, en las universidades y escuelas normales en las que he trabajado a lo largo de casi 25 años de ejercicio profesional.
Todos mis alumnos y mis alumnas me importan; me esfuerzo para que todos desarrollen las competencias y logren los objetivos de las asignaturas que imparto, pero me preocupan especialmente las y los impuntuales, los que faltan con frecuencia, los que salen del aula a media clase, los que se distraen fácilmente, los que no cumplen, no leen, no toman notas, no hacen tarea; los que se ven cansados, o enfermos, o tristes... ¡o aburridos!
Los miro a todos, a todas, no solo como “alumnos” sino como pedagogas y pedagogos en formación, como lo que serán en un futuro cercano: profesionales de la educación... como habrían sido los 43 alumnos de la “Normal Rural Raúl Isidro Burgos” en Ayotzinapa, Guerrero.
¿Qué habría hecho yo de haber sido profesora en su grupo?
Habría intentado disuadirlos de las acciones a las que los obligaban sus compañeros de cursos superiores, por ser novatos -iniciando la carrera apenas un mes antes-. Les habría advertido que tendrían ‘doble falta’, ‘tema por visto’ y ‘examen de unidad’; en contraparte hubiera ofrecido ‘doble cumplimiento’ a quienes asistieran a la clase de ese día. “¡Que ingenua!...” me dijo una colega a quien le comenté eso hace una año...“¿No has leído las noticias: la Normal esta infiltrada por sicarios del narco!”. Le respondí que de cualquier forma lo habría intentado (quien me conozca sabe que ¡de verdad! lo habría hecho).
Por otra parte habría intentado también discutir el tema con mis colegas, en reuniones de academia –no solo las de ese inicio de año escolar- sino las de los previos también... hacer “algo” para lograr mantener seguros, “apartados del mal” (aunque suene cursi) a los estudiantes, dentro de las aulas leyendo, escribiendo, debatiendo... formándose para ser maestros, en vez de “boteando” en las poblaciones vecinas, sabiendo sobre todo de las organizaciones criminales de la región.
Estoy plenamente convencida de que esos muchachos, con aspiraciones de ser maestros, hoy están muertos. No tengo duda de que fue una absurda y estúpida acción criminal que fue improvisándose burdamente. NO pienso que se trate de un “crimen de estado”; juro que cada que escucho o leo esa idea, me esfuerzo por encontrar un argumento razonablemente lógico que la confirme ¡y NO lo he encontrado!
Al respecto me adhiero totalmente a la explicación que ofreció la investigadora del CIDE Amparo Casar, en un artículo publicado en 2014 a raíz de los acontecimientos* 
        “Los crímenes de Estado son de destrucción masiva e indiscriminada. Van acompañados de un discurso justificatorio que los legitima (...) en aras de un bien mayor. Los acompaña también lo que los criminólogos llaman la ‘negación de la víctima’ que señala a las víctimas como terroristas, agresores, criminales, traidores a la patria, indeseables (...) En los crímenes de Estado están involucrados por acción u omisión todas las ramas y órdenes de gobierno. 
“Ninguna de estas características está presente en Ayotzinapa. No se ha buscado justificar la masacre, la autoridad no ha negado a las víctimas ni se ha insinuado su vinculación con el crimen organizado, la guerrilla o grupos terroristas. Tampoco se ha argumentado que fue necesario traspasar la legalidad o los límites al poder. Mucho menos podría sostenerse que los poderes Legislativo y Judicial han sido partícipes. Por el contrario, se ha condenado el crimen y se  inició una investigación...” 
*Artículo completo en http://bit.ly/10YWFWq
Tengo dos hijas jóvenes, un nieto ¡y cantidad de alumnos y exalumnos!, por todos ellos mi deseo más ferviente es que Ayotzinapa no se convierta en una más de las heridas sociales que muchos se empeñan en que siga abierta; si no la curamos, o si dejamos que se convierta en una cicatriz histórica, tendremos todavía más que lamentar en el futuro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario