sábado, 3 de enero de 2026

EL MUNDO NO SE ACABÓ, PERO ALGO SÍ / Por María Elena Reynaldos

 

Una historia de infancia, rumores de apocalípsis y el verdadero final que llega sin aviso...

En las horas previas al reciente "fin de año" volvì a pensar en una historia de mi infancia:

Hace ya varias décadas, cuando estaban a punto de iniciarse los años sesenta, corrió un rumor entre los niños y niñas de mi colonia, en el antiguo Distrito Federal: el mundo iba a acabarse antes de que transcurriera el primer segundo de 1960.

Yo estaba convencida de que los afanosos preparativos de mi madre para la cena de Fin de Año no eran otra cosa que los arreglos finales para despedir al planeta Tierra. El rumor no incluía detalles, y como nadie sabía bien cómo sería el final, cada quien podía imaginarlo a su manera.

Por mi parte, nunca pensé en cataclismos naturales ni en bombas atómicas. Supuse, simplemente, que durante la fiesta de Noche Vieja, antes de que la familia terminara de darse los abrazos de “feliz año”, todos —y todo— desapareceríamos. Mis abuelos, el pavo con su relleno de picadillo dulce, mis tías y mis primas (por supuesto también los tíos y los primos), el cinzano, las copas, la vajilla, mi papá y mi mamá. Todos —y todo— iríamos desvaneciéndonos por turnos… y así se acabaría el mundo.

Pensé solo en la gente que quería y en las cosas que me gustaba comer. Mi idea del “gran final” no incluía un contexto amplio. No imaginé que, del mismo modo en que nos borraríamos mi familia y yo, se borraría lo demás. Pensé únicamente en mí, en los míos… y en los manjares de la cena.

Me alegró comprobar que aquel 31 de diciembre, cuando el reloj dio la última campanada, la familia —grande y pequeña— seguía abrazándose y deseándose “lo mejor” para el año siguiente. Nada se borró, nada desapareció. Incluso dieron permiso a los mayores de ocho años para beber unos traguitos del cinzano elaborado por la abuela Vicenta. Yo interpreté aquel gesto como una concesión especial, casi solemne, por una especie de renacimiento colectivo.

A partir de esa experiencia, cada primero de enero de mis años de madurez (según la fuerza con la que me asalte la nostalgía) le rindo un discreto culto a mi credulidad infantil, recordando aquellos días y las cuitas compartidas con los de mi tamaño.

Hoy entiendo que lo que en realidad me preocupaba —lo que me asustaba— no era el fin del mundo, sino el fin de mi mundo: el de la infancia. Ese que, a estas alturas del siglo XXI, se ha transformado por completo; es decir, ha desaparecido.

Ahora formo parte del mundo de “los mayores”, que no se parece mucho al de antes. Ni yo ni ninguna de mis hermanas o primas sabemos cocinar como lo hacían las abuelas y las tías del siglo pasado. Nadie conservó la receta del cinzano de la abuela y, por más que hemos buscado, no hemos encontrado ninguna cuyo sabor se parezca (aunque sea un poquito).

Quizá el mundo no se acabó aquella noche. Pero algo, sin duda, terminó para siempre. Y cada Fin de Año, sin necesidad de rumores ni campanadas apocalípticas, vuelve a recordárnelo con una mezcla de nostalgia, gratitud y asombro.

Gracias por leer.
Si alguna vez creíste que el mundo podía acabarse en una noche —y luego descubriste que solo estaba cambiando—, quizá este texto también sea un poco tuyo.


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