COMO APRENDÍ A SER DEMÓCRATA
Por María Elena Reynaldos Estrada
"El que es bueno en familia, es también un buen ciudadano" Sófocles
Tuve
la fortuna de nacer dentro de una familia cuyas dos líneas (la paterna y la
materna) llevan en su sangre no sólo el gusto sino también el amor por reunirse a comier y platicar sabroso. Una familia
incluyente que permitía en el círculo de la sobremesa la presencia de los
niños a no ser que se hablara de “temas no aptos para menores”.
Junto
con mis hermanas, mi hermano y un ejército de primas y primos, aunque no
siempre atenta, fui oyente de innumerables conversaciones alrededor de todo
tipo de asuntos: desde noticias de bodas, nacimientos,
defunciones, mudanzas, viajes, migraciones... hasta debates sobre partidos de
fútbol y encuentros de box. Escuché a los adultos de la familia enfrascarse en
discusiones eternas cada uno con su propia opinión. Cuando "los pequeños" perdíamos el hilo de la conversación nos entraba el aburrimiento, era el mejor
momento de pedir permiso para cualquier cosa porque padres y madres, metidos de
lleno en su trama, apenas volteaban para decir “¡sí, vayan!”
Aunque
recuerdo con claridad las conversaciones deportivas porque sucedían con mayor frecuencia, de vez en cuando también escuché opiniones políticas y, aprovechando "el ejemplo", los niños inventábamos algún juego en el que establecíamos reglas, tomábamos decisiones y discutíamos imitando a los adultos.
Así en esas reuniones comencé a comprender algo de la vida, como
lo hacemos todos los seres humanos durante la infancia y adolescencia. Mi madre y mi padre además, nos daban lecciones deliberadas de comportamiento: llamaban constantemente a ponernos en el lugar del otro, tal cual
con esas palabras y con una vehemencia imposible de olvidar: “¡Ponte
en su lugar!... ¿qué sentirías tú si te hicieran lo mismo?” Les importaba
también que mostráramos cortesía: pedir cualquier cosa por favor y dar las
gracias eran leyes que había que cumplir cuando se presentara la
ocasión, igual que acomedirnos si hacía falta ayuda, hablar siempre con la verdad y asumir responsabilidades.
Se hacía hincapié en que esas normas debían cumplirse no solo al convivir en casa sino igualmente con quienes no fueran tan cercanos, con cualquier integrante de la jerarquía familiar/social;
empezando por los abuelos-patriarcas hasta llegar a la empleada doméstica…
pasando por el policía de la esquina y la vendedora de periódicos… No importaba
la condición económica ni el estrato social al que pertenecieran aquellos con
los que tuviéramos algún tipo de trato: con todos había que ser corteses, compasivos,
honestos, generosos, prudentes, tolerantes, justos… con todos había que actuar
de buena fe.
Aunque debido a nuestra edad no lo asumíamos de manera consciente (en "aquellos tiempos") a nuestro alrededor vimos reflejos de alguna de las lecciones materno-paternas . A todo ello se sumó lo que aprendimos en la escuela: leer, escribir, hacer cuentas, entender las ciencias sociales y de la naturaleza. Como sucedió dentro de la familia, uno de los mayores aprendizajes de la escuela fue el de la convivencia democrática: a pesar de las diferencias que seguramente existían en nuestras "procedencias", mis hermanos y yo, ocupábamos bancas iguales a las de nuestros compañeros; alumnas y alumnos jugábamos en el mismo patio de recreo y éramos tratados más o menos igual, por docentes y directivos.
No
obstante, lo que he relatado arriba, los aires que corrían en el país, sobre
todo en el ámbito político, eran de todo ¡menos democráticos!
Pasaron
años para que los niños de mi generación, nacidos a mediados del siglo XX,
educados en familias como la mía, coincidiéramos en la necesidad de un ambiente
de libertad real en nuestro país, para que las aspiraciones democráticas empezaran a hacerse
realidad… una realidad que en el campo electoral se logró - entre otras acciones- con el diseño de
instrumentos que empezaron a garantizar elecciones políticas confiables. El Instituto
Nacional Electoral es uno de esos instrumentos que creció al amparo de la sociedad
civil y materializó el ideal democrático de los mexicanos.
Hoy,
el INE está en peligro; una gran cantidad de ciudadanos de mi tiempo,
junto a nuestros hijos y nietos, estamos preocupados: de ser aprobado por el Congreso,
el tramposo proyecto de ley que propone el actual presidente, se estaría condenando
a muerte a nuestra democracia porque devolvería a manos del gobierno federal la manipulación de los procesos
electorales ¡como en el pasado! No habría absolutamente ninguna
“transformación” sería un retroceso histórico de consecuencias negativas
incalculables... No podemos quedarnos de brazos cruzados ante circunstancias que atentan contra todo lo que creemos, lo que aprendimos y lo que hemos construido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario