A mis alumnos veinteañeros,
que nacieron con el “Horario de Verano”
Hace ya 20 años, en 1996,
nada más y nada menos que el primer domingo de abril (’domingo siete’) los habitantes de la mayor parte del territorio
nacional, por primera vez, debimos adelantar una hora nuestros relojes: en un instante pasar de
las 2:00 a las 3:00 a.m. ¡Y empezaron las quejas!
El “reloj
biológico” -que nadie sabía explicar a ciencia cierta- de repente se puso
de moda con frases como “¡se me
alteró mi reloj biológico!”. No hubo
poder alguno que hiciera entender a los resentidos que nada les impediría
seguir durmiendo el número de horas acostumbradas y que las rutinas de sus días
y semanas serían exactamente iguales. De nada sirvieron los dibujitos y las
animaciones simulando las salidas y puestas de sol, ni las explicaciones de los
astrónomos, los geógrafos y de cuanto
experto se echó mano para divulgar lo que se descubrió hace siglos: los movimientos
de rotación de la tierra sobre su propio eje y de translación alrededor del
sol provocan que, a lo largo del año, la duración del día y de la noche no sea siempre la misma, debido a las horas de luz que recibe
el planeta en las diferentes estaciones. En nuestro hemisferio norte, en verano el sol sale “más temprano”.
Pocos creían/entendían lo que se
repetía hasta el cansancio: el cambio de horario traería beneficios de todo tipo: en
cuanto a la economía familiar al ganar horas de luz natural por la tarde,
ahorraríamos en el pago de luz eléctrica. Lo mismo sucedería con la iluminación
artificial en calles y jardines. En cuanto a la macroeconomía, al igualarse el
horario con los Estados Unidos, durante el verano y algunos meses más (antes y
después) se ampliaría el tiempo para realizar transacciones comerciales y
financieras. Todo lo cual realmente sucedió, aunque los aguafiestas, los
incrédulos y los opositores de todo y de siempre se dedicaron sistemáticamente
a declararse en contra y a sembrar la semilla de la suspicacia, la desconfianza y
el descrédito.
Para cuando el horario
veraniego se convirtió en ley, ya se había dado una controversia constitucional –que no
prosperó- interpuesta, en 2001, por el entonces Jefe de Gobierno del DF
(López Obrador) para dejar fuera de la medida a la capital del país. Fox también salió
raspado cuando quiso disminuir en aproximadamente un mes el periodo del horario
(cosa que había prometido durante su campaña). Para acabar con el debate, la
Suprema Corte dictaminó que lo relacionado con cambios en husos horarios, en
adelante sería competencia exclusiva del Congreso de la Unión.
Antes de la decisión
definitoria de la Corte, la Secretaría de Energía ya había solicitado a la UNAM
realizar un estudio sobre el tema del impacto del cambio sobre la sociedad
mexicana. En la investigación, además de la UNAM, participaron 70 instituciones
científicas y 122 profesores investigadores de diferentes estados de la
República (la UV tuvo representantes); los trabajos de este comité de expertos
incluyeron la realización de una encuesta con una muestra representativa de
miles de mexicanos habitantes de más de 400 localidades del país. Al finalizar
el estudio “se descubrió” que el Horario de Verano no tiene absolutamente
ningún impacto negativo y sí muchas ventajas.
Mientras tanto nuestros
paisanos de Baja California declaraban: “¡Ay Dios, cuanto argüende por un
cambio de horario que tenemos por acá desde
1942!”. Y es que, aunque la mayoría de los mexicanos no lo sepan, o lo hayan
olvidado, por razones del estrecho intercambio comercial, laboral e incluso
educativo que existe desde siempre con el estado de California, EEUU, en Baja
California, México se implantó el horario veraniego al mismo tiempo que el
vecino de los Estados Unidos.
La mitad de mi infancia
la viví en Mexicali a finales de los 50’s e inicios de los 60’s, cuando el
cambio de horario ya tenía más de 10 años de implantado. No recuerdo, ni
siquiera nebulosamente haber escuchado, de boca de los adultos de mi familia, ninguna
mención, ni queja alguna, sobre el asunto (supongo que simplemente adelantaban
el reloj ¡y ya!). De mis veranos de aquellos tiempos, lo que quedó grabado en
mi memoria nítidamente fueron las “eternas” tardes que disfrutábamos durante
las vacaciones (en el resto del país el descanso escolar más largas era en
invierno). Recuerdo jugar a la pelota en el patio de la casa, o en la calle y
andar en bicicleta, alumbrados con la luz crepuscular del sol, incluso más allá
de las ocho de la noche. Por esta razón las inconformidades de los primeros
años del cambio en el resto del país, me sorprendieron tanto.
Hoy, el fragor de quejas,
clamores y lamentaciones ha descendiendo notablemente mientras mis mascotas
caninas, que no entienden de relojes humanos, siguen despertando ‘al rayar el
sol’… sin ningún problema, en cualquier estación del año.

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