
Dicen los que saben -muy especialmente los
astrofísicos- que el universo está expandiéndose y que por eso mismo nuestro
satélite natural, la Luna, está alejándose poco a poco de la Tierra... debe ser
así seguramente, pero no sé si ese “alejamiento” ha modificado ya la forma como
se le percibe desde “acá abajo”, sin embargo yo sigo mirándola igual que en
1969.
Recuerdo 1969 por algunas razones importantes, una
de ellas es personal: en abril de ese año ingresé como estudiante a la Escuela
Nacional de Arquitectura de la UNAM, otra razón es histórica y global: en julio
tres astronautas estadounidenses, viajaron hasta las inmediaciones de la Luna,
dos de ellos alunizaron y caminaron sobre su superficie, como parte de la
misión espacial Apollo 11.
La tarde-noche del 19 de julio no había luna llena
estaba iniciando apenas la “creciente” cuando me encontré con un amigo de
Arquitectura, en el centro de la ciudad de México, con quien había quedado de
subir a la Torre Latinoamericana para mirar el firmamento y lo que pudiera
verse del satélite, a través de los telescopios de los últimos pisos... ¡pero
había colas larguísimas en los elevadores! mucha gente como nosotros
convertidos en astrónomos eventuales pero profundamente interesados en el
cosmos, sus estrellas ¡y la luna! nuestra Luna en la que -en unas horas más-
dos seres humanos estarían plantando su huella como impronta de la humanidad
entera.
Ni mi amigo ni yo pudimos mirar el cielo por la
lente del telescopio del piso 37 al que logramos llegar pero al otro día,
domingo 20, alrededor de las 9 de la noche (tiempo de México) en casa, con mi
familia fui una de las 600 millones de personas que vimos por transmisión directa, en televisión, a Neil Armstrong bajar del módulo Eagle y dar aquel
“pequeño paso para el hombre, gran salto para la humanidad” sobre la superficie
de esta luna que, igual que hace 50 años, me sigue pareciendo hermosa y
cercana.