"El futuro se lleva mal con las cicatrices históricas
porque cuando
queremos construirlo precisamos de todos".
-José “Pepe” Mujica
Ex-guerrillero
tupamaro / Presidente uruguayo 2010 - 2015
En
México, igual que en casi todo el mundo, al cumplirse un año del fallecimiento
de un ser querido, si la familia es católica se conmemora la fecha con una
misa. En Veracruz y otras regiones del país se le conoce como “El Cabo de
Año” y además de la misa se visita el cementerio; después los amigos se
reúnen con la familia que prepara una comida en la casa que habitó el difunto,
para recordarlo ahí también frente a la fotografía que lo muestra en alguno de
sus mejores momentos.
Tanto la celebración religiosa como
el convivio conmemorativo de parientes y amigos sirven de cierre al dolor de la
pérdida, y aunque se les recordará por siempre, podría decirse que el duelo
concluye: si se guardó el luto tradicional –vistiendo de negro- y se colocó un
festón en la puerta, también se retiran ese día.
Imagino que en las localidades de
origen de los 43 jóvenes desaparecidos en Iguala, Guerrero, ESO no está
sucediendo hoy; quizá se hayan celebrado misas con motivo de su desaparición
pero no de su muerte, porque no hay un cementerio que visitar, ni sus madres
han decidido vestir de negro, ni sus padres han colgado ningún listón de luto
sobre la puerta de sus casas. La mayoría aún espera verlos regresar...
Aun siendo madre y saber como
cualquier otra, de las angustias por las que se pasa frente a las penas y
enfermedades de los hijos, también sé que no puedo acercarme ‘ni tantito así’ a
la aflicción espiritual, emocional (incluso física)de las madres de Ayotzinapa,
algunas de quienes podrían estar -desde hace un año y para toda la vida- culpándose
por no haber podido impedir lo que les sucedió a sus hijos... pero ¿cómo
podrían haber imaginado algo tan atroz? ¿Cómo habrían podido detener algo así?.
Ninguna de ellas habría podido hacerlo.
- - - -
Además de madre, soy docente en una
institución superior que forma profesionales para la educación, y en ese
contexto SÍ puedo imaginar lo que podría haber hecho (o al menos intentado) como
profesora -en Ayotzinapa- de estudiantes con edades y aspiraciones semejantes a las de mis
alumnos de pedagogía.
Soy lo que se llama una maestra
“estricta” incluso “enojona”, lo confirmaría quienquiera que haya sido mi
alumno, en las universidades y escuelas normales en las que he trabajado a lo
largo de casi 25 años de ejercicio profesional.
Todos mis alumnos y mis alumnas
me importan; me esfuerzo para que todos desarrollen las competencias y logren
los objetivos de las asignaturas que imparto, pero me preocupan especialmente
las y los impuntuales, los que faltan con frecuencia, los que salen del aula a
media clase, los que se distraen fácilmente, los que no cumplen, no leen, no
toman notas, no hacen tarea; los que se ven cansados, o enfermos, o tristes...
¡o aburridos!
Los miro a todos, a todas, no solo
como “alumnos” sino como pedagogas y pedagogos en formación, como lo que serán
en un futuro cercano: profesionales de la educación... como habrían sido los 43
alumnos de la “Normal Rural Raúl Isidro Burgos” en Ayotzinapa, Guerrero.
¿Qué habría hecho yo de haber sido
profesora en su grupo?
Habría intentado disuadirlos de las
acciones a las que los obligaban sus compañeros de cursos superiores, por ser
novatos -iniciando la carrera apenas un mes antes-. Les habría advertido que
tendrían ‘doble falta’, ‘tema por visto’ y ‘examen de unidad’; en contraparte
hubiera ofrecido ‘doble cumplimiento’ a quienes asistieran a la clase de ese
día. “¡Que ingenua!...” me
dijo una colega a quien le comenté eso hace una año...“¿No has leído las
noticias: la Normal esta infiltrada por sicarios del narco!”. Le respondí que de cualquier forma
lo habría intentado (quien me conozca sabe que ¡de verdad! lo habría hecho).
Por otra parte habría intentado
también discutir el tema con mis colegas, en reuniones de academia –no solo las
de ese inicio de año escolar- sino las de los previos también... hacer “algo”
para lograr mantener seguros, “apartados del mal” (aunque suene cursi) a los
estudiantes, dentro de las aulas leyendo, escribiendo, debatiendo...
formándose para ser maestros, en vez de “boteando” en las poblaciones vecinas,
sabiendo sobre todo de las organizaciones criminales de la región.
Estoy plenamente convencida de que esos muchachos, con aspiraciones de ser maestros,
hoy están muertos. No tengo duda de que fue una absurda y estúpida acción criminal que
fue improvisándose burdamente. NO pienso que se trate de un “crimen de estado”;
juro que cada que escucho o leo esa idea, me esfuerzo por encontrar un
argumento razonablemente lógico que la confirme ¡y NO lo he encontrado!
Al respecto me adhiero totalmente a
la explicación que ofreció la investigadora del CIDE Amparo Casar, en un
artículo publicado en 2014 a raíz de los acontecimientos*
“Los crímenes de Estado son de destrucción masiva e
indiscriminada. Van acompañados de un discurso justificatorio que los legitima
(...) en aras de un bien mayor. Los acompaña también lo que los criminólogos
llaman la ‘negación de la víctima’ que señala a las víctimas como terroristas,
agresores, criminales, traidores a la patria, indeseables (...) En los
crímenes de Estado están involucrados por acción u omisión todas las ramas y
órdenes de gobierno.
“Ninguna
de estas características está presente en Ayotzinapa. No se ha buscado
justificar la masacre, la autoridad no ha negado a las víctimas ni se ha
insinuado su vinculación con el crimen organizado, la guerrilla o grupos
terroristas. Tampoco se ha argumentado que fue necesario traspasar la legalidad
o los límites al poder. Mucho menos podría sostenerse que los poderes
Legislativo y Judicial han sido partícipes. Por el contrario, se ha condenado
el crimen y se inició una investigación...”
*Artículo
completo en http://bit.ly/10YWFWq
Tengo dos hijas jóvenes, un nieto ¡y
cantidad de alumnos y exalumnos!, por todos ellos mi deseo más ferviente es
que Ayotzinapa no se convierta en una más de las heridas sociales que muchos se
empeñan en que siga abierta; si no la curamos, o si dejamos que se convierta en
una cicatriz histórica, tendremos todavía más que lamentar en el futuro.

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