Por Maria Elena
Reynaldos,
para mis amigos más viejos
y para los más jóvenes.
Para Paula Ximena y María Sol
No tengo presente en la
memoria como amaneció el cielo aquel 2 de octubre. Quizá fue una mañana clara,
sin nubes… en octubre los vientos dominantes en la ciudad de México soplan
generalmente desde el sur y el aire es más limpio, y aunque también es un mes
de lluvias y temporales, sin asegurarlo creo que por la tarde no llovió. Debe
haber algún testimonio o reseña de ESE día, en el que se describan las
condiciones climatológicas de aquel miércoles 2… pero yo no lo recuerdo.
Tampoco recuerdo con
qué ánimo me levanté, ni qué ropa me puse, ni qué desayuné. No recuerdo si en
la casa hablamos de “el movimiento” o… de las Olimpiadas (que se inaugurarían
10 días después) pero seguramente los dos temas entremezclados fueron motivo de
conversación en la mesa del desayuno.
Recuerdo eso sí que desde
hacía más de dos meses estudiantes y maestros en las facultades y bachilleratos
de la UNAM habíamos empezado una huelga. Yo era alumna de Preparatoria y cada
tercer día iba a mi “Prepa 9” para enterarme de las novedades. No estaba
comprometida de lleno en el activismo político-estudiantil pero participé un
par de veces en brigadas de “volanteo” y “mítines relámpago” por los
alrededores de la escuela.
Mis nociones
ideológicas no eran ni siquiera básicas, no entendía bien a bien la diferencia
entre “burguesía” y “pequeña burguesía”, tampoco los términos “lucha de clases”,
o “imperialismo capitalista” a los que se referían en discursos y publicaciones
los dirigentes del movimiento. Pero si me daba cuenta que existían en nuestro
país males como la pobreza de la mayoría, la dependencia económica, la
manipulación social del (entonces eterno) PRI y de líderes obreros empoderados
gracias a componendas políticas por cuotas de poder. Tenía solo una vaga idea
de lo que eran las “libertades democráticas”, pero percibía con claridad el
clima de autoritarismo y la ausencia de democracia en la sociedad: desde las
familias hasta el gobierno.
Tengo también muy
fresco el recuerdo de que, por aquellos años, los jóvenes estábamos empezando a
vivir y sentir de una manera por completo distinta a la de nuestros padres… y
recuerdo también conversaciones acaloradas con los amigos sobre “la brecha
generacional” y reuniones festivas a las que nadie podía faltar, no solo a
aquellas en las que realmente había “fiesta” sino también las que servían para
reconocer en todos nosotros, amigos y amigas, la idea de que la búsqueda de la
felicidad… ¡y la libertad! debía ser colectiva.
Cambió todo, ¡cambiamos
todo!
Construimos desde cero
los elementos de una cultura juvenil que no había existido nunca antes, desde
la forma de vestir y la música, hasta la acuñación de un lenguaje connotativo
en el que aparecieron significados totalmente nuevos surgidos del referente
literario de “la onda”, impulsada por escritores mexicanos muy jóvenes, casi
adolescentes, que escribían para los jóvenes, casi adolescentes, mexicanos…
¡nosotros, la generación surgida del ’68!
Ese aire fresco, lo respiramos (casi) todos los jóvenes del mundo, no
únicamente los de México, que sentimos la necesidad imperiosa de cambiar
estructuras sociales, y mentales. Aquel ’68 se registraron movimientos y
protestas juveniles en más de 50 países alrededor del mundo. Los jóvenes de
naciones desarrolladas y “ricas” (como EEUU y la mayoría de Europa) se oponían
a la guerra, al consumismo y a las ideas conservadoras sobre sexualidad y las
discriminatorias sobre “identidad sexual”. En países subdesarrollados y/o
pobres, con dictaduras abiertas o solapadas se incluían también demandas por
elecciones verdaderamente democráticas y por el derecho a formar organizaciones
independientes del Estado.
En México jóvenes y no
tan jóvenes nos involucramos con pasión en acciones para –de verdad-cambiar lo
que estuviera alrededor (desde la familia… hasta el gobierno). Se acuñaron
consignas que luego aparecían en paredes, carteles, boletines y volantes
convocando a mítines y marchas para protestar –fundamentalmente- por la
antidemocracia y la represión.
El miércoles 2 de
octubre de 1968, la convocatoria –como bien se sabe- fue para las 5 de la tarde
en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Por la mañana de ese día me
reuní con 5 compañeros de la prepa, en casa de una amiga que vivía ahí mismo,
en la Unidad Nonoalco-Tlatelolco (no recuerdo el nombre de su edificio) para organizar nuestra asistencia al mitin; como ya habían sucedido detenciones
y represión en algunos otros actos públicos quedamos en que si “algo” pasaba,
nos reuniríamos de nuevo en el departamento de nuestra amiga, y así sucedió: todos
ellos estuvieron ahí, en el mitin… menos yo, porque mis padres, después de una
discusión en la que mis argumentos no tuvieron éxito, me prohibieron salir de
casa; sin embargo pude librar la prohibición porque el novio que tenía entonces
(estudiante del Poli, que también estaba en huelga) me invitó a tomar un café…
de todas formas no estuvo de acuerdo en que desobedeciéramos la recomendación
familiar, y aunque un poco frustrados, nos fuimos al café... un “Kikos” casi
frente a mi casa.
Cuando regresamos dos
horas después, como a las 7 de la noche, por la mamá de uno de mis amigos que
si había acudido a Tlatelolco (y que vivía muy cerca de la unidad) supimos que
había cantidad de policía y soldados por los alrededores… y que se escuchaban
disparos.
El jueves 3, me enteré
que dos de mis compañeros habían sido detenidos y que el hermano de mi amiga de
Tlatelolco –estudiante de secundaria-, estaba desaparecido… Por fortuna no
sufrieron ningún percance fatal: a mis compañeros los detuvieron y llevaron a
la la prisión de Sta. Martha Acatitla y el hermanito de mi amiga, estuvo escondido
con unos vecinos. A mis amigos –Claudio y Víctor- los liberaron tres días
después sin ningún daño físico, pero muy afectados emocionalmente.
Pese a que la represión del 2 de octubre nos llenó de dolor y
provocó que, por un lapso (no muy largo) las cosas –nuestras vidas de jóvenes-
caminaran como en cámara lenta, debo decir que 1968 fue una época más festiva
que trágica, más de logros que de pérdidas. En México la democracia tardó un
poco en empezar a construirse, y desde inicios del siglo XXI la ejercemos a
plenitud,
Con todo y los errores graves que nos achacaron a la juventud
de “esos tiempos”, nuestro propósito de cambiar a nuestras familias… a nuestro
país… ¡y al mundo! dieron frutos, aunque algunos están madurando todavía… aunque
haya quienes se empeñen en creer lo contrario... Si fuera
así, aquel octubre, aquel Movimiento… habrían sido en vano.

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