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lunes, 14 de noviembre de 2022

                                            

     COMO APRENDÍ A SER DEMÓCRATA

Por María Elena Reynaldos Estrada

                                 "El que es bueno en familia, es también un buen ciudadano"                                                                                                             Sófocles

No hay nada como las reuniones familiares para iniciar a los hijos en la vida social. En particular la sobremesa de una comida dominguera en la que se reúnían madres, padres, hijas e hijos de todas las edades, abuelos y amigos cercanos.

Tuve la fortuna de nacer dentro de una familia cuyas dos líneas (la paterna y la materna) llevan en su sangre no sólo el gusto sino también el amor por reunirse a comier y platicar sabroso. Una familia incluyente que permitía en el círculo de la sobremesa la presencia de los niños a no ser que se hablara de “temas no aptos para menores”.

Junto con mis hermanas, mi hermano y un ejército de primas y primos, aunque no siempre atenta, fui oyente de innumerables conversaciones alrededor de todo tipo de asuntos: desde noticias de bodas, nacimientos, defunciones, mudanzas, viajes, migraciones... hasta debates sobre partidos de fútbol y encuentros de box. Escuché a los adultos de la familia enfrascarse en discusiones eternas cada uno con su propia opinión. Cuando "los pequeños" perdíamos el hilo de la conversación nos entraba el aburrimiento, era el mejor momento de pedir permiso para cualquier cosa porque padres y madres, metidos de lleno en su trama, apenas volteaban para decir “¡sí, vayan!”

Aunque recuerdo con claridad las conversaciones deportivas porque sucedían con mayor frecuencia, de vez en cuando también escuché opiniones políticas y, aprovechando "el ejemplo", los niños inventábamos algún juego en el que establecíamos  reglas, tomábamos decisiones y discutíamos imitando a los adultos.

Así en esas reuniones comencé a comprender algo de la vida, como lo hacemos todos los seres humanos durante la infancia y adolescencia. Mi madre y mi padre además, nos daban lecciones deliberadas de comportamiento: llamaban constantemente a ponernos en el lugar del otro, tal cual con esas palabras y con una vehemencia imposible de olvidar: ¡Ponte en su lugar!... ¿qué sentirías tú si te hicieran lo mismo?” Les importaba también que mostráramos cortesía: pedir cualquier cosa por favor y dar las gracias eran leyes que había que cumplir cuando se presentara la ocasión, igual que acomedirnos si hacía falta ayuda, hablar siempre con la verdad y asumir responsabilidades.

Se hacía hincapié en que esas normas debían cumplirse no solo al convivir en casa sino igualmente con quienes no fueran tan cercanos, con cualquier integrante de la jerarquía familiar/social; empezando por los abuelos-patriarcas hasta llegar a la empleada doméstica… pasando por el policía de la esquina y la vendedora de periódicos… No importaba la condición económica ni el estrato social al que pertenecieran aquellos con los que tuviéramos algún tipo de trato: con todos había que ser corteses, compasivos, honestos, generosos, prudentes, tolerantes, justos… con todos había que actuar de buena fe.

Aunque debido a nuestra edad no lo asumíamos de manera consciente (en "aquellos tiempos") a nuestro alrededor vimos reflejos de alguna de las lecciones materno-paternas . A todo ello se sumó lo que aprendimos en la escuela: leer, escribir, hacer cuentas, entender las ciencias sociales y de la naturaleza. Como sucedió dentro de la familia, uno de los mayores aprendizajes de la escuela fue el de la convivencia democrática: a pesar de las diferencias que seguramente existían en nuestras "procedencias", mis hermanos y yo, ocupábamos bancas iguales a las de nuestros compañeros; alumnas y alumnos jugábamos en el mismo patio de recreo y éramos tratados más o menos igual, por docentes y directivos.

No obstante, lo que he relatado arriba, los aires que corrían en el país, sobre todo en el ámbito político, eran de todo ¡menos democráticos!

Pasaron años para que los niños de mi generación, nacidos a mediados del siglo XX, educados en familias como la mía, coincidiéramos en la necesidad de un ambiente de libertad real en nuestro país, para que las aspiraciones democráticas empezaran a hacerse realidad… una realidad que en el campo electoral se logró - entre otras acciones- con el diseño de instrumentos que empezaron a garantizar elecciones políticas confiables. El Instituto Nacional Electoral es uno de  esos instrumentos que creció al amparo de la sociedad civil y materializó el ideal democrático de los mexicanos.

Hoy, el INE está en peligro; una gran cantidad de ciudadanos de mi tiempo, junto a nuestros hijos y nietos, estamos preocupados: de ser aprobado por el Congreso, el tramposo proyecto de ley que propone el actual presidente, se estaría condenando a muerte a nuestra democracia porque devolvería a manos del gobierno federal la manipulación de los procesos electorales ¡como en el pasado! No habría absolutamente ninguna “transformación” sería un retroceso histórico de consecuencias negativas incalculables... No podemos quedarnos de brazos cruzados ante circunstancias que atentan contra todo lo que creemos, lo que aprendimos y lo que hemos construido.


                                   

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